Historia de la profesión contable: de los escribas al contador público

Historia de la profesión contable: de los escribas al contador público
Antes de que existiera la palabra "contador" ya existía la función: en cada templo, palacio, taller o casa de comercio había alguien encargado de anotar lo que entraba, lo que salía y lo que quedaba. Ese oficio milenario —el de llevar cuentas con orden y responder por ellas— recorrió un largo camino hasta convertirse en lo que hoy conocemos como profesión contable. Este artículo cuenta esa historia: desde los escribas de las primeras civilizaciones, pasando por los tenedores de libros del Renacimiento y las sociedades profesionales del siglo XIX, hasta el contador público moderno, con su examen, su título, su código de ética y su papel de vigilante independiente de las cuentas.
No se trata de una evolución lineal ni tranquila. Hubo asociaciones que cerraron sus puertas, leyes que exigieron revisar cuentas y mujeres que esperaron décadas para ser admitidas. Conocer esa historia ayuda a entender por qué hoy el contador público no es simplemente alguien que "sabe de números", sino un profesional con responsabilidad pública.
Los escribas y los hombres de cuentas: un oficio de miles de años
Los primeros especialistas del registro aparecieron junto con los primeros grandes almacenes. En Mesopotamia, hacia el cuarto milenio antes de Cristo, los administradores de los templos anotaban en tablillas de arcilla las entradas y salidas de grano y ganado; en Egipto, los escribas llevaban la cuenta de los graneros del faraón, de los tributos y de las raciones entregadas a los trabajadores. Aquellos escribas eran algo más que copistas: eran funcionarios de cuentas, formados en escuelas, que sabían medir, pesar y dejar constancia escrita de los bienes. Aquí interesa una idea: en la Antigüedad, la contabilidad era una función del templo, del palacio o del Estado, ejercida por especialistas al servicio del poder, no una profesión independiente.
Roma aportó un matiz nuevo. Junto a los funcionarios públicos que rendían cuentas al Estado, las grandes casas romanas tenían administradores —a menudo esclavos o libertos llamados dispensatores— que llevaban los libros de la familia y respondían por ellos ante el amo. Ya se dibujaba una distinción que el tiempo haría enorme: una cosa es llevar los libros y otra muy distinta examinarlos, verificarlos o rendir cuentas sobre ellos. Esa separación entre quien registra y quien controla es la semilla de la auditoría.
En la Edad Media, monasterios, señoríos y reinos llevaron registros de sus tierras, rentas y cosechas, pero fue en las ciudades mercantiles de la Italia de los siglos XIII al XV donde el oficio floreció con más energía. Venecia, Florencia y Génova vivían del comercio y del crédito, y sus mercaderes necesitaban saber, día a día, cuánto valía su negocio. Allí trabajaban los ragionieri, funcionarios municipales encargados de las cuentas públicas, y enseñaban los maestros de ábaco, que en sus escuelas formaban a los jóvenes en la aritmética aplicada al comercio y en el arte de llevar libros. La mayoría de los tenedores de libros se formaban como aprendices al lado de un mercader, y la partida doble —aquel método de anotar cada operación dos veces, en el debe y en el haber— se fue generalizando entre los siglos XIII y XV.
A finales del siglo XV el saber del taller dejó de ser secreto: Benedetto Cotrugli escribió hacia 1458 un tratado para el mercader perfecto, y en 1494 el fraile Luca Pacioli imprimió su Summa, que difundió por toda Europa el "método veneciano" de partida doble. Sin embargo, conviene ser precisos: ni Cotrugli ni Pacioli crearon la profesión. Quien llevaba libros en 1500 seguía siendo un empleado del comerciante, un oficial del concejo o un maestro que enseñaba a contar. Era un oficio aprendido y respetado, pero sin título, sin examen y sin asociación que definiera quién podía ejercerlo. Para que eso cambiara hizo falta el mundo industrial del siglo XIX.
El siglo XIX: de ocupación a profesión organizada
La Revolución Industrial cambió la escala de todo. Los ferrocarriles, los bancos y las grandes fábricas exigían capitales que ningún comerciante podía aportar solo, y nacieron las sociedades por acciones, empresas cuyos dueños —los accionistas— no las administraban directamente. Esa separación entre propiedad y gestión creó una necesidad nueva: alguien debía examinar las cuentas en nombre de quienes habían puesto el dinero, con conocimientos suficientes y sin depender de los administradores. De allí surgió la demanda de un experto independiente en cuentas: el contador público, el accountant que trabaja por su cuenta y responde ante terceros.
En Gran Bretaña, cuna de la industrialización, la profesión se organizó antes que en ningún otro lugar. Muchos de los primeros contadores públicos habían comenzado ocupándose de quiebras: los tribunales los nombraban "contadores en la bancarrota" para liquidar patrimonios, inventariar bienes y repartir lo que quedaba entre los acreedores. Otros habían sido jefes de contabilidad de casas comerciales y se habían independizado. En las décadas de 1850 y 1860, estos practicantes, que ya formaban un grupo reconocible en las principales ciudades británicas, empezaron a asociarse para distinguirse de los simples tenedores de libros y de los aficionados sin escrúpulos.
Tres fechas marcan ese paso decisivo. En 1854, la Society of Accountants in Edinburgh obtuvo su carta real y es considerada la primera sociedad profesional de contadores del mundo; le siguieron sociedades semejantes en Glasgow y Aberdeen, que en 1951 se unirían a la de Edimburgo para formar el Institute of Chartered Accountants of Scotland. En Inglaterra y Gales, varias sociedades locales se fusionaron y, el 11 de mayo de 1880, la reina Victoria concedió la carta real que creó el Institute of Chartered Accountants in England and Wales, el ICAEW. Nació así el título de chartered accountant, el contador colegiado: para ingresar había que pasar exámenes —o acreditar larga experiencia en el caso de los fundadores— y cumplir un periodo de formación supervisada junto a un miembro, los llamados artículos. Por primera vez, una institución controlaba quién podía llamarse contador y cómo debía conducirse.
Al otro lado del Atlántico el proceso siguió de cerca. Muchos de los primeros contadores públicos de Estados Unidos eran profesionales británicos emigrados o llegados para auditar las inversiones de capital inglés. En 1887 se fundó en Nueva York la American Association of Public Accountants, la primera asociación nacional de contadores del país y antecesora directa del actual AICPA. Poco después comenzó la regulación estatal del título: Nueva York aprobó en 1896 la primera ley de contadores públicos certificados —los famosos CPA— y estableció un examen para obtenerlo. Estado por estado, la figura del Certified Public Accountant se extendió por todo el país. En pocas décadas, la ocupación se había convertido en una profesión con título protegido por la ley, examen de ingreso, asociaciones y códigos de conducta.
La auditoría, motor del crecimiento profesional
Si algo empujó a la profesión hacia adelante fue la auditoría. La legislación británica de sociedades del siglo XIX fue el gran acelerador: la Ley de Sociedades por Acciones de 1844 exigió a las compañías registradas presentar un balance sometido a revisión; las leyes de 1856 y 1862 dejaron la auditoría como opcional; pero el clima cambió tras el colapso del City of Glasgow Bank en 1878, que arruinó a miles de inversionistas y llevó a los tribunales al auditor del banco. La desconfianza convirtió la revisión de cuentas en un servicio cada vez más demandado, y la Ley de Sociedades de 1900 volvió a hacer obligatoria la auditoría anual para las sociedades registradas.
La auditoría dio al contador un papel social nuevo y bien definido: no escribir los libros, sino examinarlos en nombre de los accionistas, de los acreedores o de los tribunales. Esa posición exigía independencia, y la independencia empezó a convertirse en el valor central del oficio. Al calor de las auditorías de bancos y ferrocarriles crecieron las primeras grandes firmas: William Deloitte abrió su despacho en Londres en 1845, Samuel Price fundó la suya en 1849, y en Escocia se expandieron firmas que pronto operarían en todo el imperio británico. Aquellos pequeños despachos victorianos son los antepasados directos de las grandes redes mundiales de auditoría de hoy.
En Estados Unidos no existió una obligación federal de auditarse hasta las leyes de valores de 1933 y 1934, que exigieron a las empresas que cotizaban en bolsa presentar estados financieros revisados por contadores independientes. Desde entonces, la auditoría se convirtió en el corazón de la profesión en todo el mundo. Y conviene recordar un detalle que conecta con los inventarios: desde los primeros tiempos, una parte central de toda auditoría fue comprobar que las existencias declaradas existían de verdad. Los auditores asistían a los recuentos físicos anuales de mercancías, contrastaban lo contado con lo anotado y seguían el rastro de las tarjetas de existencias. Verificar lo que hay en el almacén ha sido, durante más de un siglo, una de las tareas más concretas y repetidas de la profesión.
Las mujeres y la apertura de la profesión
Durante el siglo XIX, las mujeres trabajaron en la contabilidad —sobre todo como tenedoras de libros, un campo considerado "femenino" y clerical— pero las sociedades profesionales y sus exámenes les estaban cerrados. La historia de Mary Harris Smith lo resume con crudeza. Nacida en Londres en 1844, aprendió teneduría de libros, trabajó como contadora en una firma mercantil de la City y abrió su propio despacho en 1887. Ese mismo año intentó ingresar en la Society of Incorporated Accountants and Auditors y fue rechazada por su sexo; en 1891 lo intentó ante el ICAEW, con el mismo resultado. Tras la ley británica de 1919 que eliminó las inhabilitaciones por sexo, renovó su solicitud y en mayo de 1920, a los 75 años, fue admitida como miembro del ICAEW: la primera contadora colegiada del mundo.
En Estados Unidos, el camino de Christine Ross fue parecido. Nacida en Nueva Escocia, se trasladó a Nueva York, donde en 1898 aprobó el examen de CPA entre los mejores de su grupo; la junta estatal, sin embargo, demoró la entrega del certificado por tratarse de una mujer, y no lo recibió hasta 1899. Fue la primera mujer contadora pública certificada de Estados Unidos. Años después, en 1943, Mary T. Washington se convirtió en la primera mujer afroamericana en lograr el título de CPA y fundó una de las primeras firmas de contabilidad de propiedad afroamericana del país. Estas pioneras muestran algo importante: la puerta de entrada eran las instituciones del siglo XIX —la membresía, el examen, el certificado— y fueron ellas, una a una, las que terminaron por abrirse.
El contador público moderno
A lo largo del siglo XX la figura se consolidó en casi todo el mundo. Hoy, el contador público es un profesional cuyo título se obtiene por ley o por reconocimiento de un organismo profesional, tras superar estudios y exámenes, y que debe mantener su competencia con formación continua. La profesión se rige por códigos de ética que exigen integridad, objetividad, confidencialidad y, sobre todo, independencia: el valor de la opinión de un auditor descansa en que no depende económicamente del cliente al que examina. También existen normas técnicas para preparar los estados financieros y para realizar las auditorías, de modo que los informes sean comparables y fiables en cualquier parte. En muchos países hispanohablantes, la figura del contador público alcanzó una institucionalización semejante, con títulos regulados por el Estado, colegios o consejos profesionales y una función de fe pública sobre los estados financieros.
La tecnología cambió la mecánica del oficio: las calculadoras, luego los computadores y hoy el software reemplazaron a los enormes libros mayores, pero la esencia sigue siendo la misma: representar con fidelidad la realidad económica de una organización y dar garantía sobre ella. La profesión, además, se diversificó: hay contadores dedicados a los impuestos, a los costos, a la gestión, al control interno y a la auditoría, pero todos comparten el mismo tronco de la contaduría pública.
Hitos que forjaron la profesión
Una tabla ayuda a ver, de un vistazo, cómo se construyó la profesión contable a lo largo de miles de años.
| Hito | Año | Qué cambió para la profesión |
|---|---|---|
| Escribas de templos y palacios en Mesopotamia y Egipto | Desde alrededor del 3000 a. C. | Nacen los primeros especialistas del registro y el control de bienes |
| Ragionieri y maestros de ábaco en las ciudades italianas | Siglos XIII al XV | El oficio se enseña con método y la partida doble se generaliza |
| Tratados de Cotrugli y Pacioli difundidos por la imprenta | 1458 y 1494 | El saber contable deja de ser secreto de taller y se difunde por escrito |
| Leyes británicas de sociedades y auditoría | 1844 a 1900 | La revisión independiente de cuentas se convierte en exigencia legal |
| Society of Accountants in Edinburgh | 1854 | Se funda la primera sociedad profesional de contadores del mundo |
| Institute of Chartered Accountants in England and Wales | 1880 | Carta real: nace el contador colegiado, con examen y formación supervisada |
| American Association of Public Accountants | 1887 | Primera asociación nacional en Estados Unidos, antecesora del AICPA; el título de CPA se regula desde 1896 |
| Mary Harris Smith y Christine Ross | 1920 y 1899 | Las primeras mujeres ingresan en la profesión organizada |
Del escribano de los graneros al contador que vigila el inventario
El contador público de hoy sigue haciendo, con herramientas modernas, la tarea más antigua del mundo de los negocios: saber con certeza qué tiene la empresa, cuánto debe y cuánto ganó. Y dentro de esa tarea, pocas cosas son tan concretas como el inventario. Cuando un contador o un auditor realiza un conteo físico y lo compara con los registros de existencias, repite un rito de miles de años: el mismo que cumplía el escriba que anotaba el grano del templo, el tenedor de libros que vigilaba la mercancía del mercader y el auditor victoriano que verificaba los almacenes de un ferrocarril. Lo que cambió es el instrumento: aquella tarjeta de existencias que se llenaba a mano vive hoy dentro de un software de inventarios como Kardex Tauro, que mantiene el registro de existencias al día para que el contador, heredero de aquella larga cadena de custodios de las cuentas, pueda confiar en los números que firma. Y es que la historia de la contabilidad tiene pocas tramas tan largas como la que une al escriba del templo con el contador público de hoy.