Mujeres en la historia de la contabilidad

Mujeres en la historia de la contabilidad

Cuando se habla de la historia de la contabilidad, los nombres que suelen venir a la memoria son casi siempre masculinos: frailes que copiaron manuales de partida doble, mercaderes que llevaron sus propios libros, autores de tratados y fundadores de las primeras asociaciones profesionales. Sin embargo, durante siglos hubo mujeres que llevaron cuentas, administraron negocios y respondieron por el dinero de sus familias y comunidades, casi siempre sin dejar rastro en los manuales ni en las crónicas oficiales de la profesión. Este artículo recorre esa historia menos contada: la de las mujeres que trabajaron en el comercio desde la Edad Media, las que debieron esperar décadas para ser admitidas en los institutos profesionales, las que aprovecharon las guerras mundiales para ocupar las oficinas de contabilidad y las que hoy, siendo mayoría en las aulas, siguen abriéndose paso hacia la alta dirección.

Contar esta historia no es un ejercicio de nostalgia: ayuda a entender por qué la profesión contable se organizó como se organizó y por qué algunos cambios que parecen recientes, como la presencia masiva de mujeres en las firmas de auditoría, tardaron tanto en ocurrir. Detrás de cada hito hubo mujeres concretas: mujeres que presentaron una y otra vez solicitudes rechazadas, que aprobaron exámenes y esperaron meses la certificación, o que fundaron sus propias firmas porque ninguna las contrataba.

Un trabajo silencioso: las mujeres y las cuentas en la Edad Media

Mucho antes de que existieran las asociaciones profesionales, el trabajo de llevar cuentas se hacía en el seno de la familia y del taller. En la Europa medieval, el comercio y la artesanía eran actividades domésticas en un sentido amplio: la casa era también el lugar de trabajo y en ella participaban el marido, la esposa, los hijos, los aprendices y los sirvientes. Las mujeres de los mercaderes conocían el negocio por dentro: llevaban la correspondencia cuando el esposo viajaba a las ferias, anotaban compras y ventas, administraban el dinero de la casa y respondían por las deudas y los cobros pendientes.

Cuando el marido moría o se ausentaba por largos viajes, era frecuente que la viuda continuara el negocio familiar. Los registros de las ciudades mercantiles italianas, flamencas y alemanas muestran mujeres al frente de talleres textiles, tiendas y casas de comercio; algunas administraron durante años empresas heredadas y dejaron libros de cuentas ordenados que después revisaban los tribunales y los herederos. En los monasterios femeninos, las abadesas también ejercían funciones de administración: manejaban tierras, rentas y provisiones y debían rendir cuentas de su gestión. Fue un trabajo real y constante, pero casi siempre anónimo: los documentos de la época rara vez registraban el nombre de la mujer que llevaba la contabilidad de la casa o del taller, y cuando lo hacían era en calidad de viuda o de tutora de los hijos menores, no como profesional independiente.

El siglo XIX: una profesión que se cierra a las mujeres

El siglo XIX transformó la contabilidad. El crecimiento del ferrocarril, de las sociedades anónimas y de la gran industria multiplicó la demanda de tenedores de libros y de revisores de cuentas; en Inglaterra y en Estados Unidos surgieron los primeros institutos profesionales, con exámenes, estatutos y títulos protegidos. Pero justo cuando el oficio se consolidaba como profesión organizada, las puertas se cerraron para las mujeres.

Las barreras eran legales y sociales a la vez. En muchos países las universidades no admitían mujeres o lo hacían con restricciones, de modo que el acceso a la formación superior en comercio y economía era muy difícil. El derecho de la época también jugaba en contra: en los sistemas inspirados en el derecho inglés, la mujer casada no podía firmar contratos ni administrar bienes por sí misma, lo que complicaba ejercer una actividad profesional independiente. Y en el plano social, el ideal dominante reservaba a la mujer el espacio doméstico; trabajar con los números de los empresarios, de los clientes y de los tribunales se consideraba impropio.

Las consecuencias se ven con claridad en las fechas de los institutos británicos: la primera mujer admitida como miembro del Institute of Chartered Accountants in England and Wales (ICAEW) tuvo que esperar hasta 1920, y lo logró recién después de que una ley de 1919 prohibiera excluir a las mujeres por razón de su sexo. No era falta de capacidad ni de experiencia: era una estructura legal y cultural que tardó décadas en cambiar.

Las pioneras: décadas de solicitudes rechazadas y exámenes aprobados

La historia de Mary Harris Smith (1844-1934) resume todo lo anterior. Hija de un banquero, aprendió contabilidad ayudando a su padre y en 1887 fundó su propia firma de contabilidad en Londres. En 1891 solicitó ser admitida como fellow del ICAEW: su solicitud fue recomendada por el comité correspondiente, pero el consejo jurídico del instituto respondió que la carta real solo se refería a los hombres. Pidió entonces presentarse a los exámenes y también se lo negaron. Siguió ejerciendo su profesión y, en 1919, cuando la Society of Incorporated Accountants and Auditors cambió sus reglas para admitir mujeres, fue nombrada miembro honorario. Al año siguiente, tras la aprobación de la ley que eliminaba las exclusiones por sexo, el ICAEW no pudo seguir negándole el ingreso: en mayo de 1920 fue admitida como fellow, a los setenta y cinco años, y se convirtió en la primera contadora colegiada del mundo.

En Estados Unidos el camino fue parecido. Christine Ross trabajaba desde hacía años en una agencia de Nueva York cuando, en 1898, se presentó al examen de certified public accountant (CPA) que acababa de crear el estado de Nueva York y obtuvo una de las mejores calificaciones del grupo. Pero su certificado no llegaba: la junta estatal discutió durante cerca de dieciocho meses si una mujer podía ostentar el título. Finalmente, el 21 de diciembre de 1899, recibió el certificado número 143 y se convirtió en la primera mujer CPA de Estados Unidos. Durante el resto de su carrera atendió sobre todo a organizaciones de mujeres y a clientas del mundo de la moda y de los negocios.

Después de estas dos primeras, las generaciones siguientes ensancharon la puerta que ellas habían abierto. En 1924, Ethel Watts se convirtió en la primera mujer en aprobar por examen las pruebas del ICAEW y en obtener así el título de contadora colegiada, algo que hasta entonces solo se había concedido a Harris Smith por vía honoraria. Y en 1943, Mary T. Washington Wylie, que había fundado su propia firma en Chicago tras no encontrar empleo en ninguna firma establecida, recibió la certificación CPA del estado de Illinois y se convirtió en la primera mujer afroamericana en lograrlo en Estados Unidos; su firma formó después a varias generaciones de contadores afroamericanos.

PioneraPaísAñoLogro
Mary Harris SmithReino Unido1920Primera mujer admitida como miembro del ICAEW y primera contadora colegiada del mundo.
Christine RossEstados Unidos1899Primera mujer certificada como CPA en Estados Unidos (Nueva York).
Ethel WattsReino Unido1924Primera mujer en obtener el título de contadora colegiada aprobando los exámenes del ICAEW.
Mary T. Washington WylieEstados Unidos1943Primera mujer afroamericana certificada como CPA en Estados Unidos.

Las guerras mundiales: las oficinas se abren a las mujeres

Entre 1914 y 1945, las dos guerras mundiales cambiaron por la fuerza una estructura que las leyes no habían cambiado. Con millones de hombres movilizados en los frentes, las oficinas, los bancos, las fábricas y la administración pública necesitaron personal que los reemplazara. Las mujeres ocuparon entonces, en gran número, puestos de teneduría de libros, contabilidad, facturación y auditoría auxiliar en empresas privadas y organismos públicos.

Fue una experiencia masiva y formativa. Muchas mujeres descubrieron en esos años que podían desempeñar trabajos que la sociedad les había presentado como masculinos, y lo hicieron bien: las estadísticas de la época y los testimonios de las propias empresas lo confirman. En Gran Bretaña, el cambio de actitud social que produjo la Primera Guerra Mundial estuvo directamente detrás de la reforma legal de 1919 que abrió los institutos profesionales a las mujeres. Durante la Segunda Guerra Mundial, el fenómeno se repitió a escala aún mayor en Estados Unidos y en Europa: las oficinas de contabilidad, antes casi exclusivamente masculinas, pasaron a estar pobladas por mujeres que trabajaban con libros mayores, registros y máquinas de sumar mecánicas.

Cuando los hombres volvieron del frente, muchas de esas mujeres perdieron sus puestos y regresaron a sus casas; el regreso a la normalidad fue también, en parte, un retroceso. Pero algo había cambiado para siempre: la sociedad había visto a las mujeres llevar las cuentas de empresas enteras, y muchas de ellas no estaban dispuestas a olvidar lo que sabían hacer.

La segunda mitad del siglo XX: de las aulas a las firmas

A partir de la década de 1950 y sobre todo de la de 1960, la entrada de las mujeres en la contaduría dejó de ser la excepción para convertirse en un movimiento sostenido. Las universidades abrieron sus carreras de comercio y contabilidad a las mujeres y cada vez más jóvenes las cursaron y se graduaron. Las firmas de auditoría, que en los años cincuenta apenas contrataban mujeres o las limitaban a tareas auxiliares, fueron incorporándolas de forma gradual a sus equipos profesionales.

El avance fue lento y desigual, pero real. Las mujeres fueron llegando a los puestos de supervisión, a las jefaturas de contabilidad de las empresas y, con el tiempo, a las sociedades de las grandes firmas. También comenzaron a ocupar los cargos directivos de las propias asociaciones profesionales: en el ICAEW, por ejemplo, Sheila Masters se convirtió en la primera presidenta mujer del instituto. Cada uno de estos hitos abrió el camino al siguiente, y las generaciones que llegaron después ya no encontraron las puertas cerradas, sino entreabiertas.

Hoy: mayoría en las aulas, asignatura pendiente en la alta dirección

En la actualidad, en muchos países las mujeres son mayoría entre quienes estudian contaduría y ciencias económicas y representan una proporción muy importante de quienes se gradúan y se incorporan a la profesión. En las oficinas de contabilidad y en las firmas de auditoría, los equipos de base tienen una presencia femenina que habría sido inimaginable para Mary Harris Smith cuando presentó su solicitud en 1891.

El reto pendiente está en los niveles superiores. Aunque las aulas y los puestos iniciales están equilibrados o incluso liderados por mujeres, su presencia disminuye a medida que se asciende: hay menos mujeres socias en las grandes firmas, menos directoras financieras y menos presidentas de los colegios profesionales. Las causas son conocidas y complejas: cargas familiares que recaen de forma desigual, sesgos en la promoción, cultura organizacional y falta de redes de apoyo. Cerrar esa brecha es una de las tareas más importantes de la profesión contable en el siglo XXI, tanto por justicia como por calidad: las organizaciones que aprovechan todo el talento disponible toman mejores decisiones.


La historia de la contabilidad es también la historia de quienes llevaron los libros sin aparecer en ellos. Desde las viudas que mantuvieron en pie los negocios familiares en la Edad Media hasta las pioneras que insistieron durante décadas para entrar en los institutos profesionales, cada generación de mujeres amplió el lugar que la siguiente ocuparía. Hoy, llevar las cuentas de un negocio sigue exigiendo orden, constancia y dominio de los registros: la misma disciplina que aquellas mujeres aplicaron con libros mayores y pluma se aplica ahora con programas informáticos como Kardex Tauro, que ayuda a los comercios y a las empresas a registrar y controlar sus inventarios con precisión. Conocer esta historia recuerda que detrás de cada cifra bien llevada hay personas que, durante siglos, lucharon por el derecho a hacerlo.

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